Para muchos existe un dilema entre definir si las universidades deben ser simplemente dedicadas a la docencia o si deben incorporar la investigación. En este artículo el profesor Jaime Restrepo Cuartas muestra cómo se deben combinara ambas alternativas y cómo la investigación halona la docencia y ayuda a convertir a las universidades en instituciones de alta calidad. Un ejemplo de ello es la Universidad de Antioquia: acreditada en alta calidad por el CNA y uno de los más importantes centros de investigación en el país.
Docencia e Investigación: ¿un dilema por resolver?
Para muchos curtidos profesores universitarios, la docencia y la investigación son caminos diferentes, y las universidades no deberían mezclar estos dos ingredientes. Incluso se ha llegado a pensar que es conveniente que existan unas universidades dedicadas a producir los profesionales que el medio necesita y otras de posgrados con el propósito de hacer investigación y formar investigadores. Tal pareciera, según ese concepto, que si al profesor se le exige investigar, descuidaría la labor docente y lo haría a costa de la calidad de sus actividades académicas y si investiga no resultaría conveniente que se disociara de su labor principal con tareas que parecieran secundarias. Vamos a tratar de demostrar que tal aseveración está lejos de la realidad y que una y otra labor, son complementarias. Se pudiera decir que hasta muy entrado el siglo XX en Colombia, el objeto primordial de la universidad fue la docencia. Incluso, las grandes reformas educativas de entonces, que sobrevinieron en la mitad del siglo, justo después de la segunda guerra mundial, colocaron el énfasis de la transformación en el modelo educativo. De lo que se trataba era de formar profesionales idóneos que respondieran a las necesidades del país en campos como la prestación de servicios (especialmente en salud, educación y ciencias jurídicas), pero también en las ingenierías y en las ciencias económicas. De hecho, el país logró pasar de un sistema basado en la clase magistral y en la tutoría directa, sobre todo en la medicina y el derecho, muy al estilo europeo de entonces, a uno nuevo en el que se incorporaban elementos como la enseñanza de las ciencias básicas, las prácticas, los laboratorios y la experimentación, los que le darían una mayor sustentación estructural a las carreras de por sí bastante impregnadas de empirismo. En el caso de la medicina y las ingenierías, quizás por ser profesiones que se ejercen en medio de actividades de por sí muy prácticas y tutoriales, la reforma se inclinó, siguiendo el modelo norteamericano, a fortalecer las ciencias básicas, incorporar los laboratorios y desarrollar las especialidades. En eso el avance fue significativo, porque dio los elementos claves para racionalizar la observación y promover la experimentación, que es lo que permite dar los primeros pasos hacia la investigación científica. Se pudiera decir entonces que la investigación surgió en la academia y no lo fue de otro modo. En aquellas épocas, el movimiento estudiantil y profesoral, que se gestó emulando las corrientes renovadoras de las jornadas de mayo en París, e influenciado por la ola de revoluciones triunfantes en Asia y América Latina (la China y la Cubana por ejemplo), enarboló sus críticas contra el modelo norteamericano aplicado después del informe de Rudolph Atcon llamado Plan Básico para la Universidad Latinoamericana. Aquellas críticas, por fortuna, no lograron parar las reformas, pero fueron lo suficientemente benéficas en otros aspectos, al permitir un importante nivel de conciencia política y porque durante esa época se iniciaron procesos que nos han acercado más a la democracia (participativa y representativa) y a un mayor carácter autónomo de nuestras instituciones educativas. Valga recordar que después del movimiento estudiantil de los setentas, los Consejos Superiores de las universidades han adquirido una representación plural de la sociedad y tienen autonomía para elegir el Rector y para promulgar sus propios estatutos y normas. En Colombia las universidades más conocidas por su prestigio, tanto públicas como privadas, conservan el criterio de ser entidades formadoras de profesionales, en donde el énfasis se coloca en que los egresados sean idóneos en el ejercicio profesional. Por ello, las que más han entendido esta necesidad se han vinculado, algunas a regañadientes, a los procesos de acreditación diseñados por el Gobierno, activan su relación con el sector externo, en especial el productivo, se incorporan a las redes internacionales y hacen uso de las más modernas tecnologías educativas. Sólo algunas públicas y muy pocas privadas, han incursionado con éxito en el campo de la investigación y participan activamente en las convocatorias nacionales y extranjeras para lograr recursos con ese propósito. Son además, las que más esfuerzos están haciendo para tener profesores con título de doctorado, bien sea porque los forman en su seno o porque acuden a las convocatorias que se abren en el mundo y que buscan elevar el nivel formativo de los docentes. Independientemente de que uno y otro modelo se mantengan y que ambos sigan teniendo sus defensores o sus críticos, la realidad es que la investigación potencia la docencia y facilita el mejoramiento continuo. El investigador se acerca con mayor facilidad a las fronteras del conocimiento, está más acostumbrado a la crítica, tiene la oportunidad de corroborar o no sus hipótesis, posee una mayor disciplina en su trabajo y hace contactos más fácilmente con la comunidad internacional. Además, para los alumnos, el profesor que investiga se convierte en paradigma, lo que lo hace garante del conocimiento, y por eso es quien suele representar el prestigio de la institución. Lograr que los profesores sean investigadores será un reto para las próximas generaciones, porque hay que incorporar muchos elementos novedosos. De todos modos, para conseguir que la investigación jalone la docencia y mejore la calidad se requieren puentes con la docencia. Algunos podrían ser los siguientes: Desde los primeros años de la escuela se debe fomentar en el niño el asombro por descubrir las causas de los fenómenos y relacionarlo con actividades experimentales, semilleros y museos interactivos; la selección de profesores debe sustentarse en aquellos que tienen doctorado; las normas y los planes de estudio no pueden permitir que el investigador se enconche en su torre de marfil, hay que incorporarlo a la docencia del pregrado; se debe fomentar en él la labor interdisciplinaria y el trabajo en equipo; acercarlo a la universalidad del conocimiento y a los problemas concretos del país, y poner la investigación como el eje de las actividades académicas, con una participación permanente de los alumnos en el papel de jóvenes investigadores.
La calidad por encima de todo. Sin concesiones
La historia está llena de ejemplos nefastos para la calidad de los programas. Por ejemplo, el aumento de cobertura de 1994, hecho sin ningún tipo de preparación, llevó a las universidades a acomodar el doble de sus alumnos en la misma infraestructura, sin tener el equipamiento ni los profesores. En aquél entonces, se cedió a la presión y se aceptaron como profesores, profesionales sin formación pedagógica que no reunían los requisitos necesarios. Hoy todavía paga la universidad pública aquella improvisación. Ninguna decisión que se tome en la universidad debe poner en riesgo la calidad de los programas académicos, porque ésta es la fibra de la que debe estar hecha la universidad. Y ello toca con todo: Selección de profesores por concursos de méritos y una mayor exigencia de preparación científica, incorporación de la investigación, buenos salarios, un adecuado bienestar, posibilidades de capacitación hasta llegar a niveles competitivos, estímulos para publicar en las mejores revistas y editoriales, facilidades para los intercambios nacionales e internacionales, participación en redes, uso de modernos equipos, adecuadas tecnologías y espacios confortables para el trabajo. Ningún programa puede dejar de contemplar la calidad como un requisito. Es una decisión trasversal y permanente. Por eso, incorporar la universidad a los procesos de autoevaluación y acreditación, tanto de los programas en particular como de la universidad en general, no puede ser una decisión de buena voluntad sino un compromiso institucional obligante; como si fuera un principio. En eso el país ha sido laxo y por tradición busca evitar los conflictos, cediendo a la mediocridad. Este requisito trae consigo algo que es verdaderamente revolucionario: el mejoramiento continuo. Éste se convierte en una espiral ascendente hacia la excelencia, fin último e inalcanzable y que por tanto se hace permanente. Y como muchas veces para lograr el mejoramiento es necesario renovarse, cambiar las costumbres, incorporar nuevos modelos, pues paralelo a los procesos de autoevaluación y acreditación hay que transformar el currículo. En ello, los tiempos modernos exigen una sólida formación básica, un incremento de las prácticas profesionales desde los primeros años de estudio, la incorporación de la investigación en los procesos de enseñanza y aprendizaje, la flexibilidad en el plan de estudios de acuerdo con las capacidades individuales, el cambio en el modelo pedagógico por formas más interactivas y el uso de las más modernas tecnologías. La Universidad del futuro no requiere tanta permanencia en el aula, pero sí mucho trabajo interdisciplinario y en equipo. Los médicos, por ejemplo, deberán dejar de ser actores individuales en la atención y el manejo de los pacientes, como hasta ahora lo han venido haciendo; y los grupos académicos, de una manera más racional y concertada, deberán definir sobre la forma más científica y racional de enfrentar los problemas de los enfermos. Esto redundará en mejores sobrevidas de los pacientes, disminución de costos de atención y un mejor nivel de enseñanza para los alumnos, sobretodo por el carácter interdisciplinario de la docencia que le permitirá al alumno escuchar las diferentes opciones de acuerdo con la especificidad de sus integrantes y el enfoque que le den a los problemas concretos del enfermo. Hará falta, sin embargo, que la relación entre ese grupo y el paciente o entre el médico y su paciente, se desarrollen con un espíritu de respeto, consideración y calidez, para que el humanismo sea siempre el guía conductor de la relación. En el empeño por mejorar no se puede desligar la educación superior de la básica primaria. Hay que hacer un esfuerzo apreciable en la transformación de la educación desde la infancia, para que la lucha por la calidad corrija los trastornos del lenguaje y los códigos sociales patológicos adquiridos por los niños en los suburbios y en los barrios más pobres, incluso antes de entrar a la escuela, y de esa manera nivelar, paralelo con la corrección de las desigualdades en salud y alimentación, los comportamientos que les impiden integrarse al sistema educativo. De ahí que sea necesario dotar las escuelas con los implementos necesarios y a la educación con verdaderos pedagogos, y que las universidades apoyen con su capacidad y sus conocimientos todo el sistema educativo y lo apadrinen o lo acompañen con calidad académica y solidaridad social. Y la calidad no puede desligarse completamente de otros elementos que la facilitan, como los recursos necesarios para desarrollarse a plenitud; los ambientes agradables y adecuados para el estudio, la experimentación y la investigación; el bienestar físico y mental que nivele las condiciones de los más necesitados; las actividades deportivas y las facilidades para que ellas se realicen; los ambientes culturales diversos que permitan múltiples oportunidades de acuerdo con los gustos y necesidades; los espacios para compartir el conocimiento sobre el otro y sus diferencias; el libre ejercicio de la autonomía, la libertad y la responsabilidad. En últimas, reconocer que en la formación de profesionales y científicos, la universidad también es forjadora de ciudadanos, con sentido de lo público, con unos valores civiles que hay que rescatar y desarrollar, con capacidad de respetar al otro y de confrontar sus ideas, con el interés de debatir con seriedad, sin hacer uso de la intimidación y la violencia, y con un espíritu de solidaridad que acoja a los más débiles y los libere de la segregación y la discriminación.
La cobertura versus la calidad. Siempre juntas
Al hablar de las coberturas, surgen múltiples valoraciones, apoyadas en experiencias negativas del pasado, que interrogan el costo beneficio, hacen inseparable el incremento de cupos con el deterioro de la calidad, o cuestionan los modelos que deben aplicarse para lograr unos niveles siquiera comparables a los de nuestros vecinos latinoamericanos. La desigualdad en la oportunidad existente nos obliga a pensar en las mayorías que no pueden acceder a la educación superior. Las elites no sobrevienen por un determinismo biológico en la cadena evolutiva, sino por un comportamiento indiferente de una casta de la sociedad que no quiere compartir el mundo que poseemos todos. Esas mayorías, son en general personas pobres y desarraigadas; muchas de ellas ni siquiera han podido cursar los estudios primarios y los más, terminan sus estudios secundarios con muy baja calidad, lo que se constituye además en un impedimento para entrar a universidades de prestigio, que son bastante exigentes en los mecanismos de ingreso. Existe una enorme brecha entre los que terminan sus estudios secundarios y quienes pueden ingresar a la educación superior, pues los cupos disponibles son limitados en las entidades públicas y a unos costos demasiado altos en las privadas. Además, porque se viene observando algún grado de privatización en entidades públicas que para financiarse deben incrementar sus matrículas, frente al incumplimiento de las obligaciones del Estado. Plantear que el aumento de cobertura, por sí misma, deteriora la calidad es montar un falso dilema que termina por no resolver el problema existente hoy en el país y que tiene tendencia a incrementarse. Lo que se requieren son propuestas novedosas que a la par que aumenten sustancialmente los cupos, ofrezcan modelos dinámicos que hagan posible que dicho incremento se acompañe del mejoramiento de la calidad. Hay muchos ejemplos para demostrar que esto es posible. La calidad se puede lograr con la utilización, combinada o no, de la televisión, la radio, el Internet y el uso más intensivo y racional de las bibliotecas, asociado por supuesto a los procesos de acreditación, las reformas curriculares, la más exigente selección y la cualificación del profesor. Hoy comienzan a aparecer en Colombia las primeras experiencias totalmente virtuales, pero también son usuales aquellas en las cuales las bibliotecas son el centro de la universidad y su funcionamiento no tiene interrupciones. Por un lado, la presencialidad total no es necesaria si el modelo es más dinámico, de mayor participación en actividades como talleres, seminarios, laboratorios, prácticas empresariales o de otro orden, y uso de los medios, con una disminución sustancial de la información teórica (clases magistrales) porque ésta generalmente se encuentra disponibles en las redes, en los libros o en los documentos del profesor. Y por el otro lado, si se hace una utilización más racional del tiempo y de los espacios. ¿Por qué la universidad se limita a las jornadas tradicionales?, ¿por qué no se trabaja las veinticuatro horas del día?, ¿por qué no se usa más la virtualidad, para descargar la presión sobre aulas y laboratorios? A mi modo de ver, la universidad del futuro formará sus alumnos bajo un modelo semipresencial y esto permitirá que a la vez que el estudiante no se desligue del campus universitario y los procesos de formación integral que ello conlleva, tampoco dedique demasiado tiempo a la asistencia a clases, por lo general aburridas y rutinarias. Además de todo esto, la regionalización de las universidades es una buena manera de ampliar la cobertura facilitando al mismo tiempo la equidad social y el compromiso con las zonas más aisladas. Ese anquilosado argumento de que por razones de costos es preferible que los estudiantes de municipios lejanos vengan a las urbes a estudiar, pierde cada vez más vigencia, porque el país requiere de polos de desarrollo basados en las potencialidades regionales, y el elemento clave para lograrlo son las universidades. La regionalización no es sólo una deuda del país con la equidad social, sino la posibilidad de potenciar en la diversidad nuevas acciones de desarrollo. El impacto de la universidad en la región es enorme; por supuesto si ésta llega con todo su potencial, su calidad, sus mejores docentes, su investigación y su capacidad de relacionarse con los demás actores de la sociedad.
Conclusiones
La universidad colombiana del siglo XXI tendrá que ser reconocida internacionalmente por su calidad académica, su compromiso con la investigación y su pertinencia social. Los contenidos curriculares deberán ser equiparables y aceptados en cualquier otra universidad del mundo con el objeto de facilitar la movilidad de profesores y estudiantes y necesariamente tendrá que estar vinculada a las redes nacionales e internacionales, tanto académicas como de investigación. No será difícil que sea requerida por otras naciones para apoyar procesos académicos, de investigación o de solución a problemas sociales contemporáneos. La pertinencia se logrará en la medida en que la universidad se vincule a la solución de los problemas nacionales y a los que en un momento determinado afecten a la sociedad en su conjunto. No se puede entender a la universidad desligada de los problemas de la comunidad. Por eso el fortalecimiento de la investigación, que la acerca al conocimiento y a las posibilidades de solución, y por eso la extensión que la pone en contacto con la dinámica de la sociedad. Ampliar las coberturas a valores cercanos al 100% en educación básica y al 50% en educación superior, son metas que deberían lograrse so pena de perpetuar la inequidad social y mantener nuestra dependencia. El temor al desempleo profesional se extingue cuando le damos a los jóvenes oportunidades de emprendimiento, de labrarse su propio destino, de competir con calidad, de innovar y de buscar modelos nuevos de desarrollo. La oportunidad se desvanece con la inequidad social y se hace visible con la educación.
Tomado de la página Web de Jaime Restrepo Cuartas:
http://www.jaimerestrepocuartas.net

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